domingo, 7 de noviembre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Fotoversado II
- pide otra..
- alargó la mano hacia la caña. Sabía, intuía que la tarde se alargaría
- creo que haber estado aquí antes...
-Ya no recuerdo el color de tus ojos. Quizás por eso acerco mi mano, otra vez, hacia la jarra
- Este es el lugar en el que residen mis victorias
- Estaba preocupado pero tenía que seguir con la cata: adivinar sabores, matices, pero.. ¿a quién le importa?
- Que más da...
- El ruido, las risas, la música. Te miro y bebo... Y pienso en lo que podría haber sido.
- De todas formas, no estaba por defender ninguna bandera
- Un instante, una foto, una mano, un espacio... Una historia detrás
FotoVersados
- Aquí trabajaba Jesús
- estoy cansada... cansada de pensarte
- de todas formas la obra no me gustó, quizás por el recuerdo, quizás por el teatro
- tengo la mala costumbre de recordar aquel noviembre
- Tirso de Molina, espacio entre dos mundos... sol, cosmopolita y guiri, Lavapies, barriada, local....
- y un día como hoy nació Lennon
- ya no puedo pensar en no vivir aqui, entre dos mundos, entre dos yo.
- meses después recibí tu carta
- cada mañana entra el sol por la ventana, como en el campo, pero con el ruido del tráfico de fondo.
- y cuando termino de deshojarlas, siempre me queda el no entre los dedos.
lunes, 14 de junio de 2010
domingo, 28 de marzo de 2010
Guardada como el más frágil de los tesoros, reconocida como el más invicto de los bastiones.
viernes, 26 de febrero de 2010
Acepta el desafío y suda en la piel los vacíos del alma.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Gloria Fuertes - Cuando el amor no dice la última palabra
se funde y me confunde
-somos uno en dos partes
que sufren por su cuenta-,
desesperadamente algo nuestro se busca
sin ayuda de nada algo nuestro se encuentra.
la ausencia no atormenta,
el dolor se desmaya,
el silencio se expresa
-cuando el amor no dice
la única palabra
está escrito el poema-.
esto que nos devora y que nos crea;
ya se puede vivir
teniendo el alma
cogida por el alma
del que esperas;
-sólo una vida es poco
para esto
de querer sin recompensa-.
lunes, 25 de enero de 2010
tarde
sábado, 23 de enero de 2010
domingo, 10 de enero de 2010
experimento
Unos amables soldados me lo sustituyeron.
Tengo una nueva víscera con Heckler & Koch PSG-1 incorporado.
martes, 17 de noviembre de 2009
Matemático
Las aristas engarzadas de nuestras bocas al cubo.
La curva de tus caricias por el eje de mis gemidos.
Como resultado el diámetro de nuestra eyaculación.
sábado, 7 de noviembre de 2009
martes, 3 de noviembre de 2009
creo que me estoy enamorando de esta mujer...
PUNTO FINAL
Cuando nos conocimos ella me dijo: "Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes".
Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos, cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden exterior, sin sujetarse a él.
Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. "¿Dónde lo guardaste? -me pregunta ella, indignada-. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido."
Busco en los armarios, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?
Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, hoy esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. "No debí confiar en ti-se reprocha-. Debía imaginar que me traicionarías."
Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.
Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.
Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.
sábado, 31 de octubre de 2009
Los Desarraigados
Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello.
La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia.
Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entiendan dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven.
Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso.
Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra las perdieron, les fueron sustraídas o amputadas, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables.
Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño.
Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa.
Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.
Cristina Peri Rossi
lunes, 3 de agosto de 2009
Termostato
Cuando mi estómago no es capaz de asimilar la acritud de los momentos comunes, y los flujos eupépticos me congelan un poco más por dentro... hoy me recuerdo astillada. Que cuanto más fria, más fragil...
lunes, 15 de junio de 2009
tap tap tap
viernes, 22 de mayo de 2009
Brígame
Inter-nos.
martes, 12 de mayo de 2009
luzazul
Mia Couto "Tierra sonámbula"
(además de ser una pareja monogámicamente palindrómica, como bien se puede observar)
lunes, 11 de mayo de 2009
decierto
miércoles, 29 de abril de 2009
argentinos
Sólo consigo ver osos polares a mi alrededor, todos y cada uno de ellos de un blanco rabiosamente distinto
- Disculpe, va a salir?
- No, no por favor pase... - y extiende su garra indicándome el camino a seguir entre el pequeño espacio que queda desde el suave (y tentador) pelaje de su barriga y la osa mayor que está justo a mi izquierda. La verdad es que es un ejemplar de lo más atractivo, albugíneo, no lleva ni corbata, ni traje ni formalidades, debe ser diseñador gélido o algo así...
"Próxima estación: Carámbano. Correspondencia con la línea nácar"

